MENSAJE POR LA SOLEMNIDAD DE SAN JUAN DE DIOS
Lima – Perú, marzo de 2026.
“El tiempo es una oportunidad para que se revele el carisma de la Orden”
Queridos Hermanos, Colaboradores, Voluntarios, Bienhechores y Amigos todos:
Cada época trae consigo sus propios desafíos, sus tensiones y sus preguntas; a veces los tiempos parecen inciertos; otras veces parecen exigir más de nosotros y de lo que pensábamos poder ofrecer.
La historia de la Orden Hospitalaria nos recuerda una verdad sencilla y profunda; el tiempo es el lugar donde el carisma se manifiesta. Cada momento histórico se convierte en una oportunidad para que ese don recibido de Dios y encarnado por San Juan de Dios se revele de nuevo en la vida concreta de nuestras obras, en nuestras decisiones y, sobre todo, en nuestras relaciones interpersonales.
Por eso, mirar el tiempo con esperanza, como una oportunidad para el encuentro y la acogida, es un verdadero regalo, porque cada tiempo contiene un llamado constante: el llamado a que el carisma se haga visible allí donde estamos llamados a servir.
En el Evangelio encontramos una escena que ilumina profundamente nuestra misión: la parábola del Buen Samaritano. Esa historia es una revelación sobre la manera en que Dios actúa en medio del sufrimiento humano.
En el camino aparece un hombre herido, que representa la fragilidad de toda persona, pasan otras personas que ven la situación, pero no se detienen; sin embargo, el samaritano sí lo hace, y no se detiene por obligación, ni por ideología, ni por pertenecer a una estructura determinada; se detiene porque se deja tocar por la realidad del otro. En ese instante nace algo profundamente humano y espiritual: una relación.
El samaritano no pregunta quién es el herido, no analiza su historia ni sus méritos; simplemente reconoce en él a un hermano. La hospitalidad comienza precisamente allí, cuando la relación con el otro se vuelve más importante que cualquier diferencia, más significativa que cualquier prejuicio y más trascendente incluso que nuestras propias seguridades.
El relato evangélico también nos presenta una tercera figura que a veces pasa desapercibida: el posadero.
El samaritano cura las heridas y lleva al hombre a la posada, confiando su cuidado a otro. El posadero representa a quienes sostienen la hospitalidad día a día, quienes permanecen disponibles para acoger, cuidar y acompañar y de algún modo esta imagen refleja lo que vivimos en nuestras obras hospitalarias.
Cada centro de la Orden es como una posada abierta en medio del camino de la vida; un lugar al que llegan personas heridas en su cuerpo, mente, historia o en su esperanza, buscando cuidado, dignidad y consuelo.
En ese espacio se encuentran muchas vocaciones distintas; hermanos, profesionales de la salud, colaboradores, voluntarios y familias. Cada uno con su tarea, responsabilidad y su propia historia personal; sin embargo, más allá de nuestras funciones o roles, todos compartimos un mismo horizonte: la persona que sufre y necesita ser acogida.
Ese horizonte común es el que da sentido a nuestra misión. Cuando el horizonte es claro, el trabajo cotidiano adquiere un significado diferente; el esfuerzo se transforma en servicio; la responsabilidad se convierte en compromiso; incluso el cansancio puede adquirir un sentido más profundo cuando sabemos que nuestras acciones contribuyen a cuidar la vida de otros.
Por ello, la hospitalidad no puede reducirse únicamente a estructuras o procesos; ambos son necesarios, sin duda. No obstante, el corazón de nuestra misión se encuentra en la relación que somos capaces de establecer con quienes sufren y con quienes trabajamos y compartimos la misión cada día.
La hospitalidad es, ante todo, una manera de mirar al otro, una forma de acercarse, de cuidar y trabajar juntos. Es reconocer que cada persona que llega a nuestras obras trae consigo una historia única, una dignidad irrepetible y una esperanza que merece ser protegida.
En un contexto cambiante donde con frecuencia predominan la rapidez, la fragmentación o la indiferencia, la hospitalidad se convierte en un signo profundamente humano y evangélico que nos recuerda que la dignidad de la persona siempre debe ocupar el centro.
Queridos hermanos y colaboradores, el tiempo que vivimos nos plantea desafíos importantes. Las transformaciones sociales, culturales y sanitarias nos exigen aprender, adaptarnos y buscar nuevas respuestas; este tiempo es también una oportunidad para redescubrir la profundidad de nuestro carisma, fortalecer nuestras relaciones y recordar que la hospitalidad sigue siendo una respuesta necesaria para el mundo de hoy.
Cuando el carisma se vive con autenticidad, se convierte en una fuente de esperanza tanto para quienes reciben el cuidado como para quienes lo ofrecen. La hospitalidad transforma tanto al que es acogido como al que acoge.
En esta Solemnidad de San Juan de Dios, renovemos juntos nuestro compromiso de seguir construyendo espacios donde la relación, el cuidado y la dignidad de cada persona sean siempre el centro de nuestra misión.
Que el modo de relacionarse y de vivir el tiempo de nuestro Fundador nos inspire a seguir siendo, en cada obra y en cada servicio, signos vivos de la hospitalidad que hemos recibido como don y que estamos llamados a compartir con generosidad.
Fraternalmente,
Hno. Erik Castillo, OH.
Superior Provincial



